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domingo, 29 de mayo de 2016

La historia de los 47 ronin. 3ª parte: un hombre leal


"Un millón de infortunios no pesan tanto
como una orden del señor.
Puesta en la balanza con una orden de mi señor,
mi vida es más ligera que una pluma".


Bueno, ha llegado el momento de continuar con nuestra historia de los 47 ronin...

Como recordaréis, habíamos dejado al noble Asano Naganori muerto y a los miembros de su casa todavía ignorantes de cuanto había sucedido.

La terrible noticia tardó unos cuantos días en llegar al feudo familiar en Akó que, como ya dijimos, distaba de la capital shogunal, Edo, unos 800 kilómetros. Además, en aquel entonces las comunicaciones se hacían sobre todo a pie, pues en Japón los caballos no solían ser utilizados como medio de transporte a causa de la difícil orografía del país siendo de muy limitada utilidad además de costosos de mantener. Los mensajeros, por tanto, iban corriendo o bien eran transportados en palanquines cerrados o abiertos (dependiendo de la importancia del pasajero en cuestión) acarreados por varios porteadores que iban turnándose a lo largo del camino y que eran capaces de mantener un paso rítmico y regular durante muchos kilómetros sin cansarse.


Un mensajero es tranportado a Akó con la noticia de la muerte del señor Asano


Tan común era esta forma de transporte que aún hoy en día se celebran carreras de palanquines en Japón:



El caso es que la noticia no llegó a Akó hasta unos cinco días después de la muerte de Asano y causó una gran consternación y más cuando, poco después de la llegada del mensajero comunicando la muerte de su señor, llegó otro con un mandato del Shôgun que decretaba la inmediata disolución de la casa de Asano y la cesión de su castillo y todas sus propiedades a otro daimio además de la prohibición expresa de tomar cualquier tipo de venganza sobre el propio Kira o su familia. Como hemos dicho anteriormente, una de las obsesiones del nuevo orden impuesto por los Tokugawa era precisamente esa, el orden, por lo cual las reyertas públicas entre familias de samuráis o las venganzas personales estaban estrictamente prohibidas bajo pena de muerte.

Todos los samuráis del castillo, unos doscientos setenta en total, se reunieron inmediatamente alrededor del Consejero Ooishi Kuranosuke, la mano derecha de Asano y su hombre de confianza cuando él estaba ausente, para saber cómo debían actuar. Ooishi no sólo era el principal consejero de Asano sino también su amigo más querido pues, aunque unos años mayor que su señor, se habían criado y educado juntos desde la infancia.

La indignación entre todos era patente y más, después de enterarse de que el causante de la desgracia de su señor, el malvado Kira, apenas había sido castigado. Un dilema se imponía además: ¿debían mostrar su obediencia al poder establecido, al shogûn, acatando sus órdenes o debían mantenerse fieles al recuerdo de su señor y oponer resistencia ante tamaña injusticia?

La situación era complicada pues todo el mundo, no sólo los vasallos de Asano, veía la injusticia de la situación y esperaba que sus samuráis tratasen de cobrarse sangrienta venganza del ex-maestro de ceremonias. El Shogûn, previendo disturbios, había dispuesto que Kira se refugiase en casa de su hijo Uesugi Tsunanori y que le protegiese con una numerosa guardia. Tsunanori había sido dado en adopción de muy pequeño a los Uesugi, una importante familia samurái y no sentía gran aprecio por su padre natural pues, al contrario que éste, era de nobles sentimientos pero cumplió las órdenes del Shôgun con diligencia. Desde entonces, el cobarde Kira permanecía fuertemente custodiado y se negaba siquiera a salir a la calle.

Todos los samuráis de Asano estaban al tanto de la difícil situación y miraban al prudente Ooishi buscando el ejemplo a seguir.


Y ahora... ¿qué hacemos?


Fue entonces cuando el noble consejero abrió y leyó la carta que su señor le había escrito antes de morir. Sólo contenía dos palabras: "Tú sabes". El fiel vasallo se emocionó ante tal muestra de confianza póstuma de su señor, que ni aún ante las puertas de la muerte había dudado de que su amigo tomaría la decisión correcta.

Antes de comunicarles nada, Ooishi pidió al resto de los samuráis de la casa de Asano que firmaran un juramento de fidelidad comprometiéndose a respetar la decisión que él tomara. Todos los presentes, conociendo el amor que Ooishi sentía por su señor y creyendo que optaría por negarse a entregar el castillo y combatir a las fuerzas enviadas por el Shôgun para hacerse cargo de él o bien por ejecutar de forma inmediata su venganza sobre el cobarde Kira, firmaron sin dudar, incluyendo a Chikara, el hijo de Ooishi, de tan sólo quince años de edad.

Sin embargo, una vez recibido el documento con las firmas de todos, Ooishi los sorprendió con su decisión: obedecer las órdenes del Shôgun y entregar el castillo sin luchar al tiempo que elevar una petición formal para que la casa de Asano fuese restaurada en la persona del hermano de éste, Nagahira.

La indignación cundió por doquier y muchos samuráis se levantaron consternados arrepintiéndose al instante de su juramento. ¿Qué clase de decisión era ésa? ¿Entregar el castillo sin luchar? ¿Qué sería de ellos entonces? Además, las peticiones formales como aquellas, tardaban muchísimo tiempo en ser respondidas, al menos un año o dos, y ni siquiera tenían la garantía de que se atendiesen sus demandas. ¿Y debían esperar todo ese tiempo mientras el odiado Kira seguía vivo y sin castigo? Más de la mitad de los samuráis se negaron a aceptar aquella decisión y abandonaron la sala.

Ooishi aguantó estoicamente los gritos y recriminaciones pero no se retractó de su decisión a pesar de que ello condenaba a todos los samuráis de la casa a convertirse desde entonces en ronin, es decir, en samuráis sin señor, algo que era asumido por los propios samuráis de forma vergonzosa. Para que entendáis bien lo que sentían, sería similar a la "vergüenza" que puede sentir hoy una persona cuando, de repente, después de muchos años trabajando, pierde su empleo y se queda en el paro a pesar de no tener en ello culpa alguna. Y sin embargo, esa persona asume su nueva condición de forma avergonzada dándole apuro incluso comentarlo ante los demás. De hecho, en el Japón de hoy en día el término ronin se aplica a los estudiantes que no han logrado entrar en la universidad o, también, a los parados.

Y así, el día señalado, y después de haber liquidado todas las deudas del clan con sus acreedores, los enviados del Shôgun llegaron ante la puerta del castillo para hacerse cargo de él perfectamente armados pues temían encontrar una fuerte resistencia por parte de los samuráis que lo habitaban. Sin embargo, ante su sorpresa, Ooishi y los hombres que le habían permanecido fieles salieron en perfecta formación del castillo, desfilando orgullosamente, y tras presentar sus respetos a los emisarios shogunales se alejaron en silencio por el camino.


Ooishi abandona el castillo de su señor acompañado de su hijo


A partir de entonces, los samuráis de la casa de Asano, convertidos ya en ronin, se dispersaron. Algunos lograron entrar al servicio de otros señores mientras que otros malvivieron a base de trabajos como guardaespaldas o enseñando sus artes guerreras. Sin embargo, unos cuantos, poco más de sesenta, todavía esperanzados de que Ooishi recobrase la cordura y ordenase la ansiada venganza, retornaron a Edo para estar más cerca de su odiado Kira y vigilar todos sus movimientos.

Ooishi, por su parte, se traslado a su casa particular en el campo, situada en Yamashina, a unos pocos kilómetros de Kioto, acompañado de su mujer, su hijo mayor Chikara y sus hijos menores y una vez allí, ante el asombro de todos, se dedicó a una vida de juegas y disipación con frecuentes visitas a las casas de geishas de Kioto de las cuales solía regresar a su hogar en completa embriaguez.


Santuario dedicado a Ooishi Kuranosuke en Yamashina


Pronto, su comportamiento fue la comidilla de todos y empezó a generar numerosas críticas. Algunos de sus conocidos acudían a visitar su casa y expresaban su consternación ante su esposa que, callada y fiel, escuchaba todas las críticas pacientemente y sin responder. Ella, al igual que su hijo mayor, conocían plenamente el carácter prudente de Ooishi y confiaban ciegamente en él fuese cual fuese su comportamiento.

Por su parte, Kira sospechando que todo fuese parte de una estratagema por parte de Ooishi para lograr que se confiase, envió numerosos espías que, rondando la casa de Ooishi disfrazados de mendigos, le mantenían continuamente informado de todos los movimientos del antiguo consejero.

Pasó un año y llegó la respuesta del consejo shogunal a la petición oficial de restablecimiento de la Casa de Asano con resultados negativos: tras un año de trámites y reclamaciones, la Casa de Asano quedaba oficialmente abolida y su nombre borrado del registro de casas señoriales.

Temiendo entonces que la negativa del Shôgun avivase las ansias de venganza de los antiguos servidores del señor Asano, Kira redobló la vigilancia pero Ooishi no sólo siguió sin actuar sino que, ante el asombro general, decidió divorciarse de su mujer y mandarla de vuelta a casa de sus padres con sus hijos pequeños sin que ella emitiera, siquiera entonces, la menor crítica hacia el que ya había dejado de ser su marido. Y ello a pesar de la gran deshonra que suponía, en aquella época, el ser repudiada y devuelta a la casa familiar. Tampoco, su hijo mayor, Chikara, expresó la menor crítica y permaneció fielmente junto a su padre ayudándole en todo lo que aquel necesitara.

Pasó lentamente otro año y una mañana, un samurái de Kioto se encontró a Ooishi echado en el suelo boca abajo, rodeado de sus propios vómitos e inconsciente después de una noche de excesos. Al reconocerle, el samurái le imprecó su vergonzoso comportamiento indigno de un samurái que husiese servido a tan noble amo y, tras escupirle en la espalda prosiguió su camino. Al poco lo encontró su hijo mayor que, preocupado, había salido a buscarle y lo ayudó a regresar a su casa.


Ooishi en una de sus juergas en una casa de geishas


Cuando la noticia llegó a los oídos de Tsunanori, el hijo de Kira, considerando que Ooihi había caído en lo más bajo y en el colmo de la degradación y, por tanto, ya nada era de temer por su parte, ordenó regresar a su propia casa a la escolta que había puesto en casa de su padre a pesar de las protestas de éste que no acababa de fiarse. Sin embargo, al poco tiempo, el propio Kira terminó por rendirse a la evidencia y pronto se le pudo observar volviendo a salir de su casa para hacer visitas aunque, eso sí, todavía fuertemente escoltado.

Cuando los samuráis de Asano que estaban residiendo en Edo vieron esto enviaron rápidamente un par de emisarios a la casa de Ooishi para informarle del cambio de situación. Éste, sin embargo, antes de que llegaran, ya se había apercibido de que algo había cambiado al ver desaparecer la numerosa corte de mendigos que habitualmente pululaban por su casa.

Sin embargo, cuando los emisarios llegaron al hogar de Ooishi en Yamashina, en vez de atender a sus demandas volvió a sorprenderles con una insólita petición: les hizo entrega de los juramentos que cada uno de los samuráis había firmado rogándoles que se los devolvieran a sus dueños eximiéndoles así, por tanto de su cumplimiento.

Ante tal petición, uno de los emisarios, llamado Kataoka, se levantó indignado y cogiendo el documento que Ooishi le acababa de entregar con su juramento, se lo arrojó a la cara indignado cubriéndolo de improperios. Sin embargo, su compañero de temperamento más templado y sagaz , intuyendo cuáles eran las verdaderas intenciones de Ooishi, calmó a su compañero y le convenció de cumplir las órdenes del consejero. Así que ambos recogieron silenciosamente los documentos y partieron para entregárselos al resto de sus compañeros.

En Edo, cuando Kira se enteró de la devolución de los documentos, consideró que la conjura contra su vida estaba definitivamente acabada y entonces terminó de relajar su comportamiento sin temer ya nada de sus antiguos enemigos.

Al cabo de un mes los dos samuráis regresaron a la casa de Ooishi con un paquete donde se encontraban los juramentos de aquellos que se habían negado a aceptar las órdenes del consejero y se los mandaban de vuelta.

De los sesenta y tres miembros del clan que habían permanecido fieles, ahora sólo quedaban menos de cincuenta. "Bien, con éstos son con los que se puede contar -dijo el primer consejero. Como el buen oro su comportamiento ha sido refinado varias veces a través de numerosas pruebas de confianza. Ahora estoy seguro de que no fallaremos. Cumpliremos nuestro propósito".

Por fin, estaban listos para la venganza.

Continuará...

viernes, 6 de mayo de 2016

La historia de los 47 ronin. 2ª parte: el noble y el villano


"Es muy triste que los pétalos caigan
porque el viento los arrastra
pero más triste es que una vida
deba terminar en plena primavera"


Bueno, continuamos con la apasionante historia de los 47 ronin y, en este capítulo, ya nos metemos de lleno en el meollo del asunto.
 
Como recordaréis por la entrada anterior, después de su triunfo militar en el año 1600, Hideyoshi Tokugawa implantó un sistema político, el conocido posteriormente como shogunato Tokugawa, basado en una cierta división de poderes entre el Shôgun o gobernante de facto del Japón y el emperador, que si bien era el símbolo del máximo poder en Japón, en la práctica lo era sólo del poder espiritual y religioso.
 
Y para simbolizar la armonía y las buenas relaciones entre el Shôgun y el emperador, este último enviaba cada año una embajada ante el Shôgun, que era recibida por éste con todos los honores haciéndose acompañar de dos de sus daimyos o señores feudales que, cada año, eran elegidos por sorteo a tal efecto.
 
En el año 1700, gobernaba en Japón el quinto Shôgun de la familia Tokugawa desde Hideyoshi: Tsunayoshi, un tipo que si pasó a la historia del shogunato fue por delegar muchas de sus tareas de gobierno en sus consejeros, por su desmedido afecto por los perros (promulgó leyes para favorecer su cuidado y castigando con la pena de muerte a quien no las cumpliera, llegando a ser apodado como "el Shôgun perruno") y por el asunto de los 47 ronin.
 
Tsunayoshi, el Shôgun perruno
 
Así pues, el año comenzó con los preparativos para recibir a la consabida embajada imperial. Sin embargo, aquel año la embajada iba a ser un poco más especial que en años anteriores por diversos motivos: por un lado, formando parte de la embajada, no venía un embajador cualquiera de la corte, sino el mismo padre del emperador, el emperador retirado Reigenu (en aquella época los emperadores solían retirarse después de unos años de reinado para dejar el puesto a sus sucesores); por otro lado, la embajada de aquel año, aparte de presentar sus respetos, tenía otro encargo de gran significación: entregar un decreto imperial para ennoblecer a la madre del actual Shôgun, algo que a éste le interesaba mucho pues era vox populi que su madre era de origen plebeyo (se decía que su padre, es decir, el abuelo del Shôgun, era nada menos que un vendedor de nabos) y ello redundaba en el menoscabo de la figura del Shôgun ante sus gobernados. Pero por fin todo ello iba a quedar resuelto con el decreto de ennoblecimiento.
 
Es por ello que, aquel año, la ceremonia que iba a tener lugar revestía mucha más importancia que otros años y era fundamental que todo se desarrollase "como la seda".
 
Ese año, los daimyos agraciados por el "sorteo" para recibir a los embajadores imperiales fueron el señor Date, del feudo de Yoshida, y el señor Asano Naganori, de Akó, un pequeño feudo rural situado a unos 700 kilómetros de la capital.
 
Asano es, precisamente, uno de los protagonistas de esta historia: un joven (en aquel momento tenía poco más de treinta años) de una orgullosa y noble familia venida a menos pero todavía celoso de su estatus y sus tradiciones.
 
Y si toda buena historia tiene que tener un villano de altura, ésta no podía ser menos y he aquí el nuestro: el, en palabras de Borges, infame maestro de ceremonias Kira Yoshinaka.
 
Kira era el encargado de aleccionar y educar a los dos daimyos seleccionados en los usos y maneras de la corte para que no cometieran ningún error grave en el elaborado procedimiento de protocolo que tendría lugar durante la ceremonia de recepción de los embajadores imperiales. Sin embargo, había dos problemas: Kira no era noble sino un funcionario elegido a dedo por el Shogûn y, para más inri, un funcionario corrupto (¿nos suena de algo eso?) que había instaurado por cuenta propia la costumbre de recibir cuantiosos "regalos" o compensaciones económicas (dicho en plata: unos sobornos como una casa) a cambio de sus lecciones de protocolo. Nada nuevo bajo el sol, vamos.
 
Estatua que representa al infame y corrupto maestro de ceremonias
Kira Yoshinaka
 
El señor Date, deseoso de evitarse problemas, enseguida se avino con la citada "costumbre" y pagó su parte para congraciarse con el avaro maestro de ceremonias pero Asano no se mostró tan dispuesto como su compañero a "pasar por el aro". En su mentalidad de noble al servicio del Shôgun, pensaba que puesto que él tenía que cumplir con su obligación, sin protestar y haciendo frente a todos los inconvenientes que ello le producía, por qué iba a tener, además, que pagar por algo que también era la obligación del maestro de ceremonias, es decir, su trabajo, aquello para lo que había sido designado. Así que se negó en redondo a pagar ningún tipo de soborno.
 
Como es natural, Kira se tomó aquello como un desaire personal y, desde aquel momento, se dedicó a hacerle la vida imposible al pobre Asano: mientras instruía adecuadamente al señor Date se negaba a hacer lo mismo con Asano, ocultándole información para hacerle cometer errores a propósito, haciéndole así quedar en evidencia ante los demás de la corte y luego mofándose públicamente de él.
 
La esposa de Asano que, como las de los demás daimyos, vivía en la capital, conociendo el carácter orgulloso e irascible de su esposo, le recomendaba paciencia, rogándole que no cometiera ninguna imprudencia y que procurase aguantar pues, en unos días, todo aquel suplicio habría terminado. Lo mismo hacía su compañero el señor Date, que le enseñaba posteriormente a Asano todo aquello que Kira le había enseñado al uno y ocultado al otro, mientras le aconsejaba que no se preocupase pues si, finalmente, algo salía mal en la ceremonia el responsable último sería Kira como maestro de ceremonias y éste no sería tan tonto como para arriesgarse a perder su lucrativo puesto por culpa de una ceremonia mal ejecutada.
 
Asano veía la verdad en todo ello pero su carácter impetuoso le hacía cada vez más imposible soportar las sucesivas humillaciones que el maestro de ceremonias le infligía y el último día, el día decisivo, el día en que los embajadores imperiales estaban siendo recibidos en el palacio del Shôgun, ocurrió el desastre.
 
Ese último día, viendo que ninguna de sus provocaciones había surtido efecto en el noble Asano y éste se iba a salir con la suya, Kira decidió intentar un último desprecio. Nunca ha quedado muy claro que fue lo que hizo Kira: según unas versiones humilló a Asano haciéndole agacharse delante suyo para que le atara un zapato mientras se burlaba de él; según otras hizo un comentario despectivo en voz alta acerca de la fidelidad de su esposa; en otras insultó a Asano por sus maneras rurales y campesinas... Da igual, el caso es que aquella fue la gota que colmó el vaso, Asano no pudo más y desenvainando su wakizashi (los samuráis llevaban dos espadas atadas a la cintura: la wakizashi o espada corta y la katana o espada larga, tipo sable), se lanzó sobre el sorprendido Kira.
 
Éste, que realmente no había esperado que su insulto surtiera tanto efecto, se giró y retrocedió aterrado de tal forma que Asano sólo acertó a herirle levemente en la espalda. Al ver que había fallado, Asano lanzó otro golpe, esta vez contra la cabeza del maestro de ceremonias pero el rígido gorro ceremonial que éste llevaba, el eboshi,  minimizó el impacto de tal forma que sólo alcanzó a recibir una leve herida en la frente que, no obstante, empezó a sangrar profusamente. Lamentablemente, antes de que Asano pudiera asestar un tercer y definitivo golpe, fue detenido por todo aquellos aquellos que se encontraban cerca de ambos.
 
Asano se lanza con su espada sobre el aterrado Kira. Nótese tirado en el suelo,
a la derecha, el eboshi, el gorro ceremonial que acaba de salvarle la vida...
 
 El cobarde Kira, creyéndose herido de muerte, empezó a lanzar sonoros gritos de auxilio y pronto acudió toda la corte al lugar del suceso. Asano fue rápidamente detenido y confinado mientras que Kira fue auxiliado comprobándose que sus "mortales heridas" no dejaban de ser unos leves rasguños superficiales.

Con los delegados imperiales en puertas, aquello pronto alcanzó las proporciones de un escándalo mayúsculo. El Shôgun fue prontamente informado y dio orden de que los enviados imperiales fueran trasladados discretamente a otras dependencias donde, finalmente, la ceremonia tuvo lugar sin que aquellos finalmente llegaran a enterarse de nada de lo sucedido. Sin embargo, el enfado del Shôgun no conocía límites. De haber llegado a oídos de los embajadores imperiales algo de lo sucedido, ello habría dejado muy en entredicho la imagen de control que el Shôgun decía tener sobre sus nobles.

Por si eso no fuera bastante, resulta que unos años antes, en 1864 y en presencia del propio Tsunayoshi durante una de las reuniones con sus consejeros, se produjo una trifulca durante la cual uno de ellos apuñaló a otro, antes de ser, a su vez, asesinado por los demás. El suceso dejo tal susto en el cuerpo de Tsunayoshi que prácticamente dejó de asistir a las reuniones del Consejo desde entonces y, además, promulgó una ley que condenaba con la pena de muerte a cualquiera que osara siquiera desenvainar una espada en el palacio del Shôgun.

Inmediatamente se inició una investigación. Asano admitió su culpa pero se negó a decir las causas de su ataque mientras que Kira se defendió alegando que no había habido provocación alguna por su parte. Sin embargo, tras interrogar a todos los testigos, pronto quedó claro para los magistrados la culpa que el malvado Kira había tenido en todo ello pero, a pesar de todo, sólo fue castigado con la inmediata pérdida de su cargo mientras que Asano fue rápidamente condenado a muerte.

El Shôgun que tenía un cabreo del quince al haberle estropeado nada menos que el día en que su madre iba a ser ennoblecida, quería evitar que el escándalo trascendiese de forma exagerada y, además, dar un escarmiento ejemplar ante todos sus nobles, así que todo se resolvió en el mismo día y de forma contundente: Asano debía morir. No obstante, como Asano era de familia noble y quedó probado que había sido provocado, se le permitió que, en vez de ser ejecutado de forma ignominiosa, muriera honrosamente a través del seppuku, la ceremonia que nosotros conocemos más popularmente como harakiri.

Así, esa misma tarde, sin tiempo siquiera de informar debidamente a su esposa o a sus samuráis, Asano, vistiendo el kosode, el traje ritual de color blanco usado en la ceremonia del seppuku, fue conducido al espacio separado por biombos donde tendría lugar el ritual. Como era costumbre, se le permitió escribir un último mensaje para los miembros de su Casa así como un breve poema de despedida, el mismo que hemos puesto al inicio de esta entrada. Tras ello, Asano se arrodilló serenamente sobre la tarima dispuesta a tal efecto, mientras el ayudante designado se colocaba a su lado con la mano en la empuñadura de su katana, presto a usarla cortando la cabeza del noble cuando el sufrimiento de éste se hiciera intolerable. Asano se abrió el kosode y cogiendo con una mano el wakizashi por su filo envuelto en papel blanco, guió expertamente con la otra mano la punta hasta el lugar de su abdomen donde comenzaría a hacerse la incisión, en el lado izquierdo justo bajo las costillas. Entonces, agarrando el wakizashi fuertemente con las dos manos, lo hundió profundamente en su abdomen haciendo después correr la hoja hacia el lado derecho y después hacia arriba, sajándose todo su vientre. Cuando el ayudante vio que Asano había completado el corte y el dolor le hacía inclinarse, terminó con su agonía cortándole la cabeza de un único y certero tajo.

Postal japonesa mostrando al noble Asano, con el traje ritual blanco,
escribiendo su poema de despedida y preparándose para realizar el seppuku

Todo había concluido. Sin embargo, mientras la sangre de Asano se extendía lentamente sobre el paño blanco que cubría la tarima ritual, todos los presentes no podían dejar de preguntarse cómo se tomarían los vasallos de Asano la noticia cuando ésta llegara a sus oídos y cuál sería su reacción.

Pero eso lo contaremos en el próximo capítulo...

jueves, 28 de abril de 2016

La historia de los 47 ronin. 1ª Parte: el Shogunato Tokugawa


Ronin: literalmente "hombre de las olas". Samurái sin señor ni feudo al que acogerse y, por tanto, sin honor que, errante "como una ola en el mar", debía buscarse la vida, normalmente como mercenario o aventurero de fortuna.

Hoy voy a cambiar de tercio. Aprovechando el reciente visionado de la película Los 47 Ronin. La leyenda del samurái protagonizada por Keanu Reeves (?) he decidido que, antes de lanzarme a realizar una crítica de dicha película, tal vez sería interesante empezar por contar esta historia tan popular en el país nipón y, de paso, comentar también algunas de las versiones tanto literarias como cinematográficas que se han hecho de la misma y que están accesibles al público español.
 
Como todo ello va a resultar muy largo para una sola entrada he decidido dividirlo en varias partes que iré publicando sucesivamente. Dicho esto, vamos allá:
 
La historia de los 47 ronin, también conocida como "la historia de los leales seguidores de Akó" o "la historia de los leales seguidores de Asano" es un hecho real histórico que sucedió allá por 1701 y que, desde entonces, ha capturado la imaginación y el fervor popular del pueblo japonés a través de todos los medios imaginables: obras de teatro kabuki, de teatro de marionetas, novelas, películas de cine e incluso adaptaciones al manga. Se trata de una historia de lealtad y venganza protagonizada por 47 valerosos guerreros cuyo impacto cultural en el país nipón, por los motivos que explicaré en la entrada final, es difícil de comprender en el mundo occidental, ni siquiera equiparándolo a otras historias o personajes históricos más cercanos a nosotros como puede ser el Cid Campeador, por poner un ejemplo.
 
Sin embargo, antes de empezar con la historia en sí y para poder entenderla bien, hemos de empezar por conocer un poco, siquiera someramente, el contexto y las circunstancias históricas en que ésta se produjo y esa es la razón por la que en esta primera parte vamos a hablar del shogunato Tokugawa.
 
Simplificando mucho la historia para no aburrir, diremos que hacia el 1600, Japón venía de arrastrar un largo período de guerras civiles entre diversos señores de la guerra, cada uno de ellos intentando imponer su poder sobre los demás y convertirse en el gobernante "de facto" de todo el Japón. Existía el emperador, pero éste hacía ya mucho que había quedado convertido en una figura de importancia más simbólica que real en manos de los diferentes generales que, sucesivamente, se habían ido haciendo con el poder en el país. A pesar de ello, la importancia del emperador como símbolo seguía siendo muy importante para el pueblo japonés y por ello, ninguno de dichos generales se atrevió a suplantarlo ni mucho menos a eliminar su figura.
 
Normalmente, cuando uno de estos generales, como los famosos Oda Nobunaga o Toyotomi Hideyoshi, alcanzaba el poder, se hacía nombrar o llamar kampaku, que viene a significar "regente", y a gobernar en nombre del emperador, pero ninguno de ellos logró una paz realmente duradera.
 
Todo ese período de inestabilidad y desórdenes terminó cuando en el año 1600, tras su victoria en la batalla de Sekigahara, el general Ieyasu Tokugawa se hizo con el poder supremo por encima de todos sus rivales.

Batalla de Sekigahara (1600)
 
Inmediatamente, Ieyasu se hizo nombrar Shôgun, un título que veía a ser algo así como una especie de "dictador militar" y que implicaba más poder y estatus que un mero kampaku ya que sólo podía ser, entre otras cosas, detentado por descendientes de la antigua y poderosa familia Minamoto, descendientes ellos mismos de emperadores.
 
Si algunos de vosotros sois de la generación del 70 como yo, seguramente recordaréis una serie de televisión muy popular titulada precisamente Shôgun protagonizada por Richard Chamberlain y en la que el no menos popular actor japonés Toshiro Mifune interpretaba al general Toranaga que en realidad no era sino un trasunto del propio Ieyasu Tokugawa histórico.
 
La serie concluía, precisamente, con la victoria militar de Toranaga sobre sus rivales convirtiéndose en Shôgun de Japón.
 
Toshiro Mifune interpretando a Toranaga/Ieyasu Tokugawa en la miniserie de 1980 "Shôgun"
 
 El caso es que, una vez victorioso, Ieyasu se dispuso a organizar un sistema de gobierno que asegurase tanto la estabilidad política del país como la permanencia de su propia familia en el poder y es a ese sistema de gobierno al que se conoció como Shogunato Tokugawa que duró desde 1600 hasta nada menos que 1868, lo cual no es moco de pavo.
 
Y así de guapo parece ser que era el verdadero Ieyasu Tokugawa...
 
Para ello, el Shôgun acaparó todo el poder político y militar del país mientras que el emperador quedaba reducido a una figura prácticamente representativa pero aún así muy importante pues ostentaba el poder espiritual y religioso (los japoneses creen que el emperador desciende en línea directa e ininterrumpida de la mísmisma diosa del sol, Amateratsu) y con su aceptación, proporcionaba legitimidad al propio Shôgun. Para reforzar este último aspecto, el de la legitimidad de la familia Tokugawa como shogunes, pronto Ieyasu Tokugawa inició una política de matrimonios entre su propia familia y la del emperador.
 
Pero para dejar clara la separación de ámbitos y poderes, el emperador siguió manteniendo su corte en la capital tradicional, Kyoto, mientras que el Shôgun estableció su capital en Edo, la futura Tokyo, que poco a poco iría ganando importancia hasta sobrepasar a la antigua capital.

Castillo Chiyoda en Edo (Tokyo), residencia de los shogunes Tokugawa
 
Además, para asegurar la paz y que ningún otro señor de la guerra volviese a intentar arrebatar el poder a él o a ninguno de sus descendientes iniciando un nuevo período de guerras civiles, Ieyasu inició una serie de reformas encaminadas a disminuir el poder de los daimyos o señores feudales así como de los fieles guerreros que les servían, los samuráis.
 
Entre estas reformas se encontraba el pago de fuertes impuestos que además debía ser en dinero y no en especie (por lo general arroz), lo cual hizo que muchos de esos señores tuvieran que dedicar muchos de sus sirvientes samuráis a labores administrativas además de dejar a muchos de esos señores progresivamente en manos de prestamistas y comerciantes, quienes les adelantaban el dinero para pagar los impuestos al Shôgun a cuenta de los rendimientos de las futuras cosechas.
 
Además se les impuso la norma de que sus esposas debían residir no en el feudo propio de cada uno sino en Edo con lo cual el Shôgun se aseguraba tener unos valiosos rehenes cerca con los cuales asegurarse la fidelidad de sus belicosos señores feudales mientras que ellos mismos tenían que pasar también, de vez en cuando, ciertos períodos en la capital para rendir determinados servicios al Shôgun. Normalmente dichos períodos eran de un año de duración pero podían ser de hasta dos. Todo ello redundó en la cada vez mayor importancia de Edo como capital debido al consecuente aumento de población, además de contribuir el progresivo empobrecimiento de los daimyos, al tener, encima, que afrontar los gastos que suponía su presencia en la corte.
 
Y uno de esos servicios al que acabamos de hacer referencia es, precisamente, el que acabo ocasionando el incidente que dio lugar a la "gesta" de los 47 ronin:
 
Por si os habéis perdido: como hemos dicho, el emperador residía en la capital tradicional, Kyoto, mientras que el Shôgun lo hacia en Edo. Ambos, Shôgun y emperador se repartían el poder correspondiéndole al Shôgun el poder "de facto", político y militar, y al emperador el poder espiritual y religioso, de gran importancia simbólica para el pueblo. El Shôgun, aunque tomase todas las decisiones correspondientes al gobierno, seguía necesitando al emperador para que legitimase su posición al frente del país.
 
Es por ello que, para simbolizar la aparentemente "cordial" relación entre emperador y Shôgun, sobre todo de cara al pueblo, cada año nuevo se realizaba una importante ceremonia en la que el emperador enviaba unos emisarios de parte suya a Edo a rendir sus respetos al Shôgun mientras que éstos eran recibidos por el propio Shôgun en su corte con todo el boato, pompa y circunstancias posibles, tal como si se tratase del propio emperador en señal de sumisión y respeto hacia el mismo.
 
Para que os hagáis una idea, la que debía montarse sería algo parecido a esto
 
Durante toda esa ceremonia y para mostrar ante el emperador su dominio sobre sus señores feudales, el Shôgun se hacía acompañar de dos daimyos que, cada año eran elegidos por sorteo, para lo cual tenían que trasladarse a la corte y, además de gastarse una pasta para estar "aparentes" ante los enviados imperiales, ser instruidos adecuadamente en los complicados rituales cortesanos de forma que no cometieran ningún error de protocolo en las ceremonias que tendrían lugar, pues cualquier mínimo fallo podría suponer una gravísima ofensa de cara al propio emperador. Para ello, los daimyos tenían que personarse unos meses antes en la corte con el fin de ser convenientemente "educados" en los usos y ritos cortesanos por un "maestro de ceremonias" designado por el Shôgun.
 
En resumen, que ser "agraciado" por el dichoso sorteo constituía para muchos de esos daimyos, sobre todo para aquellos que vivían en los feudos rurales más alejados y todavía apegados a las antiguas tradiciones, una "putadilla" similar a cuando te tocaba hacer la mili hace unos años o, salvando las distancias, que te toque hoy en día ser elegido como presidente de la comunidad de vecinos...
 
Y así estaba la situación cuando, justo unos 100 años después de la batalla de Sekigahara y de la implantación de tan "maravilloso" y organizado sistema político, sucedió el llamado "incidente Asano" que hizo pasar a la historia a los famosos 47 ronin...

(Continuará...)