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martes, 14 de junio de 2016

Tópicos



¿Alguna vez os habéis preguntado por qué en el cine de terror a veces los personajes se comportan como auténticos estúpidos? ¿Por qué, de repente, ante una amenaza externa, (como un demonio furioso o un asesino con una sierra mecánica, por poner un ejemplo de andar por casa) deciden que lo mejor es separarse cada uno por su lado para explorar (y así, de paso, dar facilidades al asesino para que los vaya matando poco a poco)? ¿Por qué en casi todas las películas de terror protagonizadas por adolescentes hay una rubia tonta y libidinosa, un tipo cachas pero con poco cerebro, el empollón de turno, la niña modosita y un friki normalmente un poco "colgao"? ¿Por qué casi siempre hay una escena de sexo en la que una de las protagonistas (normalmente la rubia tonta y libidinosa a la que hacíamos referencia antes) enseña los pechos antes de ser brutalmente asesinada? Y así podríamos seguir.
 
Son los tópicos del cine de terror más palomitero que hemos visto repetidos hasta la saciedad una y mil veces en multitud de películas. Son cómo una especie de código que el fan más adocenado del género reconoce y en el que se ve, a su vez reconocido, como fan, cuando los identifica provocando, dependiendo del nivel de fanatismo, el nivel de alborozo más grande cuando aparecen o la irritación cuando no.
 
Ahora bien, con los tópicos pueden hacerse dos cosas: limitarse a repetirlos sin más, creando un producto plano y sin originalidad ni riesgo alguno (un producto tan de serie como cualquier Big Mac que se precie) esperando que el fan más acrítico (ése del que hablábamos antes) se lo meriende sin contemplaciones y sin ningún tipo de reflexión antes de pasar a otra cosa mariposa o bien cogerlos, usarlos, subvertirlos incluso para, valiéndose de ellos y de lo que el fan sabe de ellos (o cree saber) hacer algo nuevo, completamente diferente, rompiéndole los esquemas a ese fan, y haciéndole plantearse que el género tiene muchas más posibilidades y que tal vez no deba ser tan complaciente. En suma: dotarlos de sentido.
 
Y eso es lo que hace, precisamente la película cuyo cartel he puesto al principio de esta entrada: La cabaña en el bosque (The cabin in the woods), una película del 2011 que, por diversos problemas con la distribuidora, no llegó a estrenarse en cines pasando directamente a DVD y que no hubiera descubierto sino fuera por la recomendación de Javier Sanz, amigo mío y gran aficionado al género.
 
La película está producida por Joss Whedon, responsable de series como Buffy cazavampiros o Serenity y director de taquillazos como Los vengadores 1 y 2 y está dirigida por Drew Goddard, guionista habitual de Whedon en Buffy y también de otras conocidas series de J. J. Abrams como Alias y Perdidos. Ambos se encargan del ingenioso guion de esta película que, aparentemente parte del esquema más clásico del cine de terror ochentero: cinco amigos universitarios, tres chicos y dos chicas, deciden ir a pasar un fin de semana a una cabaña perdida en el bosque perteneciente al primo de uno de ellos. Sin embargo, ya desde el comienzo con un extraño prólogo el espectador se da cuenta de que no todo es lo que parece y que ésta no va a ser la típica película de terror.
 
 
¿¿¿Ehhhh??? ¿¿¿Otro remake de Posesión infernal??? ¡¡¡Nooooo!!! 
 
 
No puedo contar más sin estropear la gracia de la película que es el ir descubriendo, poco a poco, lo que realmente está pasando a la vez que  darnos cuenta de que todos esos tópicos aparentemente estúpidos y absurdos que enumerábamos al principio no sólo no lo son tanto sino que, encima, ¡tienen una explicación lógica y coherente!

Y además de ésa, la otra gracia de la película es el ir descubriendo la gran cantidad de guiños, referencias, homenajes o como quiera llamársele a multitud de películas de terror que han contribuido a afianzar todos esos tópicos de los que hablábamos al principio. Así, si bien el armazón argumental de gran parte de la película (o de una de sus mitades por así decir) ha sido saqueado directamente de Posesión infernal de Sam Raimi, por ahí están también, de forma fácilmente identificable, otras como Hellraiser, It, Cube, El resplandor, Aullidos, Viernes 13, la noche de las bestias y muchas otras que me dejo en el tintero para no aguaros la fiesta de irlas reconociendo, sin olvidar a ese desopilante homenaje al J-Horror con sus fantasmas de pelo largo y lacio tipo The ring o La maldición. Y, para acabar de enriquecer el potaje, coge y lo mezcla todo en la batidora con unas cuantas referencias lovecraftianas para nada traídas por los pelos. Ahí es nada, oiga.


¿Un cenobita? ¿Aquí? Pues sí
 

El resultado es una de las películas de terror más entretenidas y originales que he visto desde hace muuuucho tiempo. Todo lo cual no quiere decir que sea una película perfecta. El principal defecto quizás sea que, a pesar de ser una película del género de terror, mucho miedo no da (aunque sí algún susto que otro) tal vez debido al juego que la misma película propone.
 
El segundo defecto de la película es algo más personal y tiene que ver con una particular teoría mía respecto al género de terror: "las estrellas echan a perder el efecto terrorífico". Y me explico: el objetivo principal de una película de terror es (o debería ser) dar miedo. Y para dar miedo es necesario que se produzca una eventual suspensión de la incredulidad del espectador, esto es, que, por un momento se olvide de que está viendo una película y que "se meta" tan de lleno en la película que, hasta cierto punto, "se la crea". Ahora bien, en el momento en que ponemos como protagonista a una gran estrella de cine, en cuanto sale es imposible ver sólo al personaje y no ver a la estrella que lo interpreta. Dicho de otro modo: cuando en una peli de terror sale, por poner un ejemplo, Brad Pitt, a quien vemos no es a "Fulanito de tal", sino a Brad Pitt haciendo de "Fulanito de tal" y lo mismo podría decirse de otros como Harrison Ford, por ejemplo. Es por ello que, en mi caso, siempre he preferido que las películas de terror estén protagonizadas por actores desconocidos o, al menos, semidesconocidos.
 
Vale, vale, ya sé que me diréis que hay grandes películas de terror como El resplandor o Al final de la escalera, que dan mucho miedo y están protagonizadas por actores muy famosos y característicos como Jack Nicholson y George C. Scott pero no me diréis que, en el primero de los casos, no veis siempre  a Jack Nicholson haciendo de loco en vez de a Jack Torrance y que los momentos más terroríficos son, precisamente cuando él no está en pantalla.
 
Esto viene al caso porque uno de los protagonistas de la película es nada menos que el popular Chris Hemsworth, el Thor de Los vengadores, para entendernos, y es imposible ver la película y no esperar verlo sacar el martillo en cualquier momento y liarse a tortas con todo demonio que se le ponga por delante.
 
 
¡¡Mjolnir a mi!!
 
 
Y, encima, para más inri, en el final de la película sale otra famosa estrella femenina no acreditada muy, muy reconocible y que no revelo para no destripar otra de las sorpresas de la película (pese a que la voz del doblaje ya se encarga de ello antes de que aparezca en pantalla la estrella en cuestión.
 
Para terminar, el tercer y último defecto de la película es que, tratándose de una película que tiene, en cierta medida, un mucho que ver con los dioses primigenios del maestro de Providence, cuando finalmente éstos hacen acto de presencia, la misma no deja de resultar un poco anticlimática y poco vistosa. En lo que se refiere a entidades lovecraftianas vistas en pantalla me quedo con éstas:


 Vistas en La sombra prohibida y Hellboy respectivamente


En cualquier caso, se trata de defectillos que no deberían apartaros de la oportunidad de ver una de las películas de terror más originales de los últimos años.
 

viernes, 18 de marzo de 2016

Héroes viejos y cansados




Hola, amigos. Siento la tardanza. La maldita gripe (no la gripe española, afortunadamente) me ha tenido unos días más de la cuenta alejado del blog pero ya estoy de vuelta.

Pensaba escribir acerca de una novela de ciencia ficción que he leído hace poco pero, a última hora, he decidido cambiar el tema de esta entrada.

Supongo que todos sabréis ya la noticia: vamos a tener nueva película de Indiana Jones, la quinta, y va a volver a estar dirigida por Steven Spielberg y protagonizada por Harrison Ford. la película se estrenará dentro de tres años, en el 2019, lo que quiere decir que el bueno de Ford contará ya con ¡77 años! cuando, en la primera de las películas sobre el personaje, tenía 38.

Naturalmente, la red se ha empezado a hacer eco de esta noticia con comentarios, la mayoría de ellos jocosos, cuando no algo hirientes, acerca de la edad de Ford para encarnar al personaje. Chistes y gracietas al respecto no han dejado de sucederse desde entonces e incluso hay quien se ha apresurado a pedir por ahí al actor que se aparte y deje su lugar a otros actores como Chris Pratt o incluso a su hijo en la ficción, Shia LaBeouf.

Un momento... ¿Shia LaBeouf? ¿¿Shia Labeouf?? ¿De verdad? ¿De verdad alguien está diciendo que preferiría ver una película sobre Indiana Jones protagonizada por el infumable LaBeouf antes que por Ford? ¿¿Es que nos hemos vuelto locos o qué??

¿De verdad alguien puede querer que éste sea el nuevo Indiana?

Vamos a ver... Yo también me encuentro entre los que piensan que Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal, pese a unas cuantas buenas ideas de partida (ambientarla en plena Guerra Fría con los comunistas como nuevos adversarios, usar las teorías de von Daniken, tan en boga a finales de los 60, como mcguffin) fue un completo y absoluto desastre, pero ello no fue debido a la edad de Ford para el personaje, sino a un guion que no había por donde cogerlo, a unas interpretaciones un poco lamentables por parte de algunos (¿te pitan los oídos Karen Allen?), a una dirección bastante deficiente por parte de Spielberg y a unos efectos especiales generados por ordenador que daban vergüenza ajena, entre otras cosas.

En principio, yo no soy para nada contrario a que se haga una nueva película de Indiana Jones con Harrison Ford aunque este vaya a tener casi 80 años cuando se estrene. De hecho, por simpático que me caiga Chris Pratt (me cayó bien en Guardianes de la galaxia y cumplía  en Jurassic World) y por mucho que piense que no le quedaría mal el sombrero de nuestro querido arqueólogo, de ahí a pensar que puede ser mejor que Harrison Ford, va un trecho.

Porque la idea de coger a un héroe icónico, al que todos hemos idolatrado y venerado, y mostrarlo en su vejez para que veamos cómo le ha afectado la decadencia física y el paso del tiempo no es nueva ni mucho menos. Se ha hecho muchas veces en la literatura, el comic y el cine y, es más, puede dar muy buenos resultados si se hace bien.

Así, cuando hablamos de héroes viejos y cansados es inevitable acordarse de esa maravilla cinematográfica que es Robin y Marian dirigida por un Richard Lester y protagonizada por unos Sean Connery y Audrey Hepburn en completo estado de gracia, eso sin contar con la maravillosa banda sonora de John Barry.

La película usa el envejecimiento de los personajes para proponer una estupenda reflexión sobre el paso del tiempo, la vejez, el amor y la muerte. Robin vuelve a su casa después de un nefasto paso por las Cruzadas siguiendo al impresentable de Ricardo Corazón de León y se encuentra todo cambiado: se pierde en su propio bosque invadido por la foresta y el amor de su vida se metió a monja años ha. Nada es lo que era, ni siquiera el malvado Sheriff de Nottingham (ya no tan malvado, pues el paso del tiempo ha hecho que el respeto sustituyera al encono) y los huesos crujen al levantarse, los combates agotan y el amor... el amor ya no esta hecho para sufrir.

No destripo el final pero baste decir que tiene la que posiblemente sea la declaración de amor más bella de la historia del cine. Podéis verla aquí (bajo vuestra propia responsabilidad, pues hay SPOILER):

¡Te amo!
 
 El propio Connery volvió a interpretar a otro conocido héroe envejecido, nada menos que a James Bond en Nunca digas nunca jamás. La película evidencia ya en su título la intención un poco paródica a costa del personaje (después de Diamantes para la eternidad Connery había jurado que nunca volvería a interpretarlo). Si bien la película no está mal y tiene cosas destacables, también es cierto que no llega a jugar a fondo con las posibilidades que podría haber dado el ver a un Bond mermado en sus aptitudes físicas y amatorias. A ese respecto, lo mejor es, sin duda, el comienzo de la película, en el que vemos como Bond es sometido a una rigurosa prueba de entrenamiento, tras la cual es enviado a una clínica de reposo para "ponerse en forma" y vemos de primera mano el efecto que tantos años de dry martinis han tenido en la orina del famoso agente...

Creo que tienes el ácido úrico un poco alto...

Otro magnífico ejemplo cinematográfico, más reciente, donde se utiliza el envejecimiento físico de un conocido personaje para reflexionar agudamente sobre temas que, al final (si tenemos suerte), nos van a afectar a todos, es la estupenda Mr. Holmes, protagonizada por Ian McKellen y basada en la novela de Mitch Cullin "Un pequeño truco mental" (aunque aquí, en España, la novela se tituló igual que la película). Ambas nos presentan a un Sherlock Holmes de 90 años que tiene que lidiar con las consecuencias de su prolongada vejez, entre ellas la demencia senil y los principios del Alzheimer, cosa nada fácil de aceptar para la que ha sido la mente más aguda del mundo. Pero no sólo de las consecuencias físicas de la vejez nos habla la película sino que también nos propone una aguda reflexión acerca del efecto que tienen en nuestras vidas la pérdida de los seres queridos y de la necesidad, cuando se acerca el final, de ajustar cuentas con nuestra trayectoria vital y con todas aquellas cosas que no supimos, o no quisimos, resolver adecuadamente.

 ¿Dónde habré puesto yo mi lupa?

Y es que hasta los más duros se hacen mayores y si no que se lo digan a Mad Max. Quién nos iba a decir a nosotros que nuestro traumatizado y duro policía del futuro después de haberse pegado un par de películas exterminado a pandilleros de la Australia postapocalítica y enfrentándose a hordas de neo-punks ansiosos de gasolina, iba a peinar canas y a redescubrir el instinto paternal que le arrebataron cuando asesinaron a su retoño. Aunque bastante vilipendiada en su momento y no carente de defectos (esa violencia rebajada y casi cartoonesca) lo cierto es que Mad Max, más allá de la cúpula del trueno posee no pocos elementos de interés derivados de esa nueva concepción del héroe, más maduro, más cansado y menos ávido de venganza. Y es que en la tercera (y hasta hace poco creíamos que última) entrega de las andanzas del héroe futurista vemos cómo éste encuentra nada menos que una ¿idílica? tribu de niños perdidos en la más pura tradición de El señor de las moscas y ¿qué decide hacer nuestro héroe? ¿salir otra vez a la carretera a seguir repartiendo estopa a diestro y siniestro? Nooooo, que ya estamos mayorcitos para eso. No, nuestro héroe se dispone a pasar allí su más que bien ganada jubilación aunque para ello se tenga que convertir en un émulo cualquiera del coronel Kurtz impidiendo incluso que algunos de los jovenzanos rebeldes se escapen de la tutela paterna hacia su tierra prometida en busca de su independencia.

Y sin embargo, cuando algunos de ellos escapen hacia esa mítica ciudad del mañana-mañana, en vez de desentenderse y quedarse en su nuevo recién descubierto oasis de paz y tranquilidad, Max saldrá en busca de sus niños perdidos aunque sabe que eso probablemente le supondrá el no retornar jamás. Tal vez el Max de la película anterior no lo hubiera hecho. Recordemos como entonces, tras lograr entrar en la ciudad sitiada con el camión que necesitaban, Max se niega a seguir con ellos y se dispone a partir con sus bidones de gasolina de recompensa sin importarle nada más que su coche y la carretera por delante. Pero ya lo dice la canción de la película: "No necesitamos otro héroe". Max es consciente de que su tiempo como vengador ha pasado, el mundo del que viene, ese mundo, aún imperfecto pero en trazas de civilización (ya tienen gas, electricidad) ya no le necesita, no necesita a los guerreros descastados como él, asociales, que no encajan en ningún lugar, un bárbaro para tiempos bárbaros que ya están quedando atrás. es por eso que, en esta entrega, Max decide retomar su olvidado papel de padre y aceptar la responsabilidad de entregar un futuro a esos sus hijos putativos en lugar de limitarse a sobrevivir. Y es por eso también que, una vez llegado a ese punto, ya no puede volverse atrás y por eso la nueva entrega de las aventuras del antihéroe ha tenido que narrarnos otra aventura situada cronológicamente antes de esta otra.

Aquí yo y mis churumbeles, la adolescente díscola, el pequeñín travieso...

Y, evidentemente, no podía dar este repaso por los "héroes envejecidos" del cine sin hablar de la tripulación más veterana y gerontológica del espacio exterior, una que, como se solía decir "tenía más mili que el Capitán Trueno". Me estoy refiriendo, claro está, a la tripulación de la nave Enterprise de la saga de películas Star Trek.

El Enterprise... ¿nave espacial o asilo?

La verdad es que, si obviamos a la primera película de la saga, la dirigida por Robert Wise, que jugaba a un juego distinto, el de la nostalgia recuperada (sólo así se pueden entender escenas tan excesivas como el onanista recorrido por el exterior de la nave Enterprise en una escena interminablemente alargada durante minutos y más minutos), las demás películas de la serie siempre han jugado con el tema de la edad de sus protagonistas. Especialmente las dos dirigidas por el que posiblemente sea el mejor director de la franquicia, Nicholas Meyer: Star Trek. La ira de Khan y Star Trek. Aquel país desconocido, segunda y sexta entregas respectivamente.

Así, ya en la segunda película, para muchos la mejor de la franquicia, vemos como el tema principal no es tanto la venganza de Khan sino que esta es la excusa para hablar del paso del tiempo, de la vejez (no en vano la película empieza con el cumpleaños de Kirk y el cachondo de McCoy regalándole unas gafas para poder "ver de cerca"), de la muerte y la pérdida y, sobre todo, de la necesidad de madurar, aunque sea tarde, todo ello personalizado en Kirk y su recién descubierto hijo y, especialmente en la relación entre Kirk y Spock y en como el primero aprende, a costa del segundo, que no se puede ganar siempre, una lección que hasta entonces nunca había tenido necesidad de aprender (en la serie original sabías que SIEMPRE iba a salirse con la suya).  Y sin embargo, la película nos muestra como, por contradictorio que pueda parecer, sólo a través de esos proceso de maduración personal y aceptación de ese paso del tiempo es como podemos volver a sentirnos jóvenes otra vez. Al principio de la película, con ocasión de su ya citado cumpleaños, el doctor McCoy le pregunta al Kirk cómo se siente y este le responde que se siente viejo, cansado. Es un hombre que se sabe fuera de su tiempo, que sabes que (aparentemente), sus días de gloria (los de la serie de los 60) han acabado. En realidad es un hombre de los años 60 (los de la serie, me refiero) atrapado en el siglo XXIII. Y habrá de ser, precisamente, un viejo enemigo olvidado de ese pasado sesentero quién habrá de retornar para que Kirk pueda acabar de saldar las cuentas pendientes con ese pasado y, a partir de ahí, seguir adelante. Por eso, cuando se le vuelve a repetir la pregunta al final de la película, a pesar de la pérdida que acaba de sufrir, Kirk por fin se ve en condiciones de responder: "¿Qué cómo me siento? Me siento joven".

Si esto no es un gesto "typical" de abuelo, que baje Dios y lo vea

El éxito de la película propició que se fueran haciendo secuelas y cada una de ellas continuó incidiendo más o menos jocosamente en el tema de la edad de sus protagonistas a medida que su edad iba avanzando al ritmo de la saga hasta que fue más que evidente que se tenían que jubilar. Y no fue casualidad que la ultima película "oficial" a cargo de la tripulación original volviera a estar dirigida otra vez por Nicholas Meyer.

En ella, la referencia a la edad avanzada de los personajes es constante: Kirk esta más en plan "abuelo cascarrabias" que nunca, sobre todo cuando descubre que Spock les ha embarcado de nuevo a todos como "voluntarios forzosos" en una peligrosa misión a tres meses de su merecido retiro, sin consultarles siquiera y, encima, para salvar a sus odiados klingons, responsables de la muerte de su único hijo; más adelante veremos los apuros físicos por los que pasan Kirk y McCoy cuando sean encerrados en el duro presidio de Rura-Penthe y su posterior fuga mientras que en la película anterior ya vimos los apuros de otro tipo por los que pasó Scotty durante su breve (pero intenso) escarceo amoroso con Uhura porque ¿quién dijo que no había sexo en la tercera edad? Y es que, quien tuvo...

¡Ay, qué me da algo!

La película, estrenada en 1991, propone su propia revisión del final de la Guerra Fría y la caída de la Unión Soviética, identificada con el Imperio Klingon, y es consciente de su particular estatus como cierre de ciclo, tanto del momento histórico que refleja (en la realidad y en la ficción), como del momento vital de sus personajes, a punto de entrar en la jubilación y sabedores de que su tiempo ha pasado pues de si algo trata esta película es de eso: del miedo al cambio. Todo en esta ella tiene, pues, sabor a despedida pero no triste sino, a tono con el espíritu de la saga y sus personajes, despedida optimista, llena de esperanza en el futuro, como queda rubricada en esa estupenda frase final, parafraseando a Peter Pan, que bien podría convertirse en todo un lema vital:

- ¿Qué rumbo tomamos, capitán?
- Segunda estrella a la derecha, todo recto hacia el mañana....

Y no, no me he olvidado de nuestro famoso y querido Rocky Balboa, quien en su última película, Creed, se ve obligado, tras colgar los guantes, a retomar el papel de entrenador y mentor que antaño hiciera el gran Meredith Burguess, además de hacer frente a su viudedad, a la edad y a la enfermedad. Si no he hablado de ella es simplemente porque aún no la he visto.

Yo sí que ya casi no me siento las piernas...

Sin embargo, no querría terminar este recorrido por los "héroes viejos" sin un par de apuntes ya fuera del cine. Para que veáis que ni siquiera los superhéroes se libran: en el famoso comic de Frank Miller, Batman, el regreso del caballero oscuro vemos como un Bruce Wayne ya retirado, viejo y cínico, tiene que volver a enfundarse la capa del hombre murciélago para, en una postura moralmente discutible (pero acorde con el personaje y su edad), tratar de imponer un nuevo orden más seguro (¿pero más justo?) en un mundo donde ya no existen los blancos y negros y todo es de un gris muy oscuro... Lástima que la última adaptación del citado superhéroe, Batman vs Superman, basada parcialmente en este comic, obvie, al parecer, los interesantes elementos de reflexión que el mismo propone sobre el papel de los guardianes del orden... 

 Y es que... ¿quién vigilia a los vigilantes?

 Y, ahora sí, para terminar, me remito al héroe más antiguo (que no viejo) de todos los que he mencionado: Beowulf, héroe protagonista del cantar épico anglosajón del mismo nombre. Este poema épico, escrito probablemente en el siglo XI, en un alarde de modernidad, nos presenta, en su primera parte, al héroe joven y en la plenitud de sus facultades, derrotando al malvado monstruo Grendel y a su madre para, después, en su segunda parte, dar un salto temporal de 50 años y mostrárnoslo cuando, rey ya y en su vejez, debe hacer frente a un temible dragón que asola su reino a pesar de saber que ello le supondrá la muerte. Para los que no conozcáis esta clásica y hermosa historia de heroísmo, responsabilidad y épica, os recomiendo que veáis la estupenda adaptación que de ella hizo Robert Zemeckis en animación por ordenador a través del método de captura de imagen, proponiendo, además, una relectura del mito con un subtexto pero que muy interesante.

Y yo ahora a ponerme a matar dragones cuando debería estar pensando en irme a Benidorm...

He querido terminar con este último ejemplo para que veáis que le de coger a un héroe consagrado y ponerlo a vivir aventuras ya de viejo, no es algo nuevo sino que lleva haciéndose desde siempre y que hasta los antiguos lo hacían pero siempre con una intención más allá de la de ver a alguien achacoso haciendo el ridículo intentando reverdecer laureles...

En fin, y todo este rollo para que veáis que los héroes, aun los más clásicos e incombustibles, también envejecen y por qué a mi no me parece mal que hagan una nueva película de Indy con 77 años. Creo que una película así, si se hace bien y tiene un buen guion puede dar mucho juego y dar mucho de sí y, quién sabe, tal vez hasta inducirnos a un par o más de buenas reflexiones sobre un momento de la vida que a todos nos ha de llegar. Después de todo, no podemos olvidar que algunos de nosotros, los más veteranos seguidores del personaje, ya hemos visto a nuestro arqueólogo favorito con este aspecto:

¡Quién me ha visto y quién me ve!

Así que estamos curados de espantos, ¿no? Tal vez así nuestro querido arqueólogo pueda tener por fin la despedida cinematográfica que se merece, la que ya tenía y que le arrebató aquella malhadada cuarta parte que jamás se debió rodar y que tan mal sabor de boca nos dejó. Indy se merece sin duda algo mejor, así que, aunque sólo sea por eso... ¡Bienvenido seas de nuevo, Indiana Jones V! (al menos, de momento).